Hay algo en el Perú que desconcierta a analistas, economistas y observadores internacionales por igual. Mientras el país atraviesa una turbulencia política que ya suma siete presidentes en apenas una década, la economía se mantiene firme, como esas antiguas construcciones incas que resisten el paso de los siglos sin perder su estructura. Es una paradoja que merece ser contada desde sus raíces.
El martes, el Congreso de la República destituyó al presidente interino José Jerí, marcando un nuevo récord en la ya agitada historia política reciente del país. Desde 2016, ningún mandatario ha logrado completar su período con tranquilidad. Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte y ahora Jerí: nombres que se suceden como capítulos de una novela que parece no tener final.
Una década de puertas giratorias en Palacio de Gobierno
Para entender la magnitud de lo que vive el Perú, basta con mirar hacia atrás. En 2016, Pedro Pablo Kuczynski asumió la presidencia con la promesa de modernizar el país. Renunció en 2018 acorralado por escándalos de corrupción vinculados a Odebrecht. Le sucedió Martín Vizcarra, quien fue vacado por el Congreso en noviembre de 2020 por "incapacidad moral permanente".
Lo que vino después fue aún más vertiginoso. Manuel Merino duró apenas cinco días en el cargo, forzado a renunciar tras violentas protestas que dejaron dos jóvenes muertos en las calles de Lima. Francisco Sagasti asumió como presidente de transición y logró entregar la banda presidencial a Pedro Castillo en julio de 2021.
Castillo, un profesor rural de Cajamarca que representaba las esperanzas de las comunidades más olvidadas del país, terminó destituido en diciembre de 2022 tras un fallido intento de disolver el Congreso. Dina Boluarte, su vicepresidenta, asumió el poder en medio de protestas que dejaron decenas de muertos, principalmente en las regiones andinas del sur. Y ahora, la destitución de José Jerí suma un nuevo episodio a esta cadena que no parece detenerse.
La fortaleza económica que nadie esperaba
Aquí es donde la historia se vuelve extraordinaria. A pesar de este caos institucional, los números de la economía peruana cuentan una historia diferente. El país mantiene una de las deudas públicas más bajas de América Latina, reservas internacionales robustas y una inflación que ha logrado mantenerse dentro de los rangos objetivo del Banco Central de Reserva.
El sol peruano ha mostrado una resiliencia notable frente al dólar, y las exportaciones mineras —cobre, oro, zinc— continúan siendo el motor que impulsa las cuentas nacionales. Perú sigue siendo el segundo productor mundial de cobre, un metal cada vez más demandado por la transición energética global.
"La economía peruana funciona casi en piloto automático. Las instituciones económicas —el Banco Central, el Ministerio de Economía, la Superintendencia de Banca— han logrado una autonomía que las protege del vaivén político", señalan diversos analistas internacionales.
Este fenómeno tiene explicaciones concretas. Desde los años noventa, el Perú construyó un marco macroeconómico disciplinado: reglas fiscales estrictas, un banco central independiente con credibilidad ganada a pulso, y tratados de libre comercio que diversificaron los mercados de exportación. Esa arquitectura institucional ha funcionado como un escudo protector.
Pero no todo brilla: las heridas que la macroeconomía no muestra
Sin embargo, sería injusto contar solo la mitad de la historia. Detrás de los indicadores macroeconómicos favorables, hay un Perú profundo que sufre las consecuencias de esta inestabilidad. La inversión pública en salud, educación e infraestructura se paraliza cada vez que cambia el gobierno. Los proyectos de desarrollo para las comunidades andinas y amazónicas quedan en el limbo, esperando un liderazgo que nunca termina de asentarse.
La informalidad laboral sigue afectando a más del 70% de la población económicamente activa. Millones de peruanos trabajan sin seguro, sin pensión, sin red de protección. Para las familias de Puno, Ayacucho, Huancavelica o Apurímac, la "fortaleza económica" es un concepto abstracto que no se refleja en sus mesas ni en sus oportunidades.
La pobreza, que había retrocedido significativamente en las dos primeras décadas del siglo, ha vuelto a crecer. La pandemia golpeó con fuerza y la recuperación ha sido desigual: Lima y las grandes ciudades avanzan mientras las zonas rurales andinas y amazónicas quedan rezagadas.
El alma de un pueblo que resiste
Lo que verdaderamente sostiene al Perú no son solo las cifras ni los marcos institucionales. Es su gente. Son las comuneras de Cusco que siguen tejiendo y comerciando como lo hicieron sus abuelas. Son los agricultores de Junín que no dejan de sembrar. Son los mineros artesanales de Madre de Dios, los pescadores de Piura, las comerciantes de los mercados de Arequipa.
El Perú resiste porque su tejido social, aunque golpeado, tiene raíces profundas. La reciprocidad andina, el ayni, esa tradición ancestral de apoyarse mutuamente, sigue viva en las comunidades. Cuando el Estado falla —y ha fallado repetidamente—, las redes comunitarias sostienen lo que las instituciones no pueden.
"Nosotros no esperamos al gobierno. Aquí nos organizamos entre vecinos, entre familias. Así hemos sobrevivido siempre", es el sentir que se repite en las comunidades alto andinas del país.
La pregunta que queda flotando es hasta cuándo podrá sostenerse esta paradoja. Una economía puede resistir sin estabilidad política durante un tiempo, pero no indefinidamente. La inversión privada necesita certidumbre, los proyectos de largo plazo requieren continuidad, y la confianza ciudadana en las instituciones se erosiona con cada nuevo escándalo, con cada nueva destitución.
El Perú necesita con urgencia un pacto social que trascienda las ambiciones personales de su clase política. Necesita que la fortaleza de sus números se traduzca en bienestar real para sus comunidades. Porque un país no se mide solo por su PBI o sus reservas internacionales, sino por la dignidad con la que viven sus hijos e hijas.
Siete presidentes en diez años. La economía resiste, sí. Pero el corazón del Perú pide algo más: estabilidad, justicia y un futuro donde gobernar sea servir, no sobrevivir.